El estudio de los colores es un ámbito lleno de sugestiones, que me produjo en su día la impresión de adentrarme en espacios de rigor –ilusión y fantasía. Por imaginar el mundo como un caleidoscopio gigantesco cuyas tonalidades se agruparan para conformar y deshacer cada una de las cosas. Yo recuerdo la teoría de los colores del muy enorme Goethe: para destacar la percepción del hombre como un factor que el mecanicismo de Newton no pudo tener en cuenta. Una lección de trascendentalismo que lleva a considerar lo que nuestra visión aporta al configurar las cosas. También conocí que nuestra percepción es emocional y subjetiva –de la mano de Kandinsky: el inolvidable texto de lo espiritual en el arte, como el macillo de un clave que pulsara sus arpegios en las cuerdas que se tensan en el alma. Dos textos que me regresaron a la emoción que el color me causara en plena infancia –por enseñar a sentir, por conformar la experiencia y por abrir un sentido a lo interior de quien un día se concibió como adulto.

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