En Cuéllar, el castillo de los Duques de Alburquerque fue post mortem legado de Juan II a su hija Isabel –todavía siendo Infanta de Castilla. Y casi emblema, yo diría, de las desavenencias que la misma mantuvo con Enrique IV su hermanastro y heredero en el trono castellano. De hecho, no tardó este rey en arrebatar este castillo a la infanta, entregándolo a don Beltrán de la Cueva –su privado, que todavía no se acuñaba el concepto de valido. Las peonadas vueltas vendrían con la jura de Isabel como reina, en los toros de Guisando –después de la enemiga de los nobles abulenses con monarca de aceptación tan menguada. La estrategia ya se sabe: el vilipendio de la hija de don Enrique –heredera desmentida, tenida por Beltraneja. El exterior del castillo es de belleza muy grande, macizo y renacentista. Hoy alberga el instituto de enseñanza que tiene nombre de los “Duques de Alburquerque”. No conseguí conocer la razón por la que se hubiera descartado el nombre muy más concreto de don Beltrán de la Cueva.

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