La televisión tiene, entre otros artefactos, el efecto de aproximarnos las cosas –y con ello contribuye a traer los cielos de las élites al barro cotidiano donde andamos en pantuflas. Otra razón –no diré que mayor en relevancia- por la que ya no nos cueste tutearnos con lo que otrora resultaba tan distante. Pues, por ejemplo, hoy no es regla el rubor de quienes ha un tiempo se sabían incapaces de leer el valor artístico en obra reconocida –lo que no dice en sí nada, si no fuera por la general desenvoltura de exhibirse con aspecto de catetos. Ni tampoco se concede un valor a la oratoria –en aquellos que, por su dedicación, debieran tenerla por instrumento valioso. Incluso –parafraseando un concepto del marxismo- se ha logrado abajar a ras del suelo profesiones que se tenían por sagradas. Hoy, sin más, el tedio de profesora de corte universitario cuyo discurso se percibe inapetente como en otros –con el tono que se suele, monocorde y bachillero. Al zapear, el brillo por contraste del oeste americano –con imagen satisfecha y consabida de John Wayne.

©

Anuncios