La juventud tiene un efecto moral, como lo tiene la holgura económica –que se gasta con muy fácil desenfado. Y no es que el joven o clase media desconozcan la finitud de sus días, la limitación de su fortuna. Pero la curiosidad o el capricho del deseo no se ponderan en aquello en que se trata: un elegir momentáneo en el que nuestro bien se invierte, con exclusión de tantos objetos –o mismamente quereres- que pudieran haber sido motivo de ese intercambio. Ello vino a ser cuando yo era lector que, exigente sin dudarlo, no llevaba esa exigencia hasta el límite que a un culto exigirá la brevedad de los días: ocupar los minutos y las horas en aquello que se escribe con verdad muy esencial, serenidad y entusiasmo. Por evitar el oropel de los libros que pasan por una vida sin arraigo o sedimento.

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