Escribía como hablaba, el aprendiz de prosista. Ignorante tal vez de que la prosa se aprende –que no basta con abolir la censura del registro coloquial e improvisado, donde la literatura nace. Porque desconocía también esa realidad que no niegan los más sabios: que se habla también en verso, con ritmos y con cadencias. Como el corazón que late sin pretensión de afirmar ni de negar la cultura: aunque se lo escucha –no bello, ni coloquial- como quien escribe un verso.

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