Aquella juventud, cuando un libro bajo el brazo aportaba por sí mismo un aura intelectual -y, difusamente, una apariencia de izquierdas. Cuando se reconocía un valor al intelectual superior a los demás, porque apartado. Como una versión admisible y secular del clérigo, mudando vocación en fingida militancia. Porque en el fondo, no tantos paseantes con el libro alcanzaban a creer ni profesar lo que con su aparentar buscaban, pues con unción se aceptaba lo ingenuo de esa impostura –de la que se rentaba poco, salvo casos singulares amparados en el viejo proceder de una recomendación que se obtuviera de parte. Después, se derrumbó todo ese mundo y su mito –con menosprecio del cielo en cuya fe se fundaba. Y entonces se alumbró esta luz crepuscular donde los huérfanos de los dioses sobreviven desnortados.

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