El moralista se esforzaba en evitar lo doctrinario. En su enseñanza, y en la exhortación también cuando procuraba aplicar en lo concreto los preceptos que defendía y brindaba. Y para ello no hallaba más eficaz artificio que reducir toda reglamentación de los actos de los hombres al denominador de una naturaleza común, universal y benéfica. Como si una armonía, previamente establecida, conjuntara en perfección el orden de los preceptos con el de la sociedad y el orbe más personal –interior y propio de cada uno. Y así, dentro de esa vulgarización y empiria que usaba de fundamento para dictar su enseñanza, afirmaba que el odio une a dos personas con vínculo más fuerte que el forjara el amor –obteniendo aprobación de los oyentes, que aceptaban reconocer por unión la que inventa un odiador con su cadena de hierro.

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