Parece que no resulta hoy correcto decir que la democracia deba ser tomada en sus justas dimensiones. Y que tiene sus excesos y medidas, tal sucede con el resto de las cosas. Pues de Sócrates acá resulta claro que la razón no se mide por el cómputo acumulativo de diversas opiniones. Como también que cualquiera no es piloto apropiado para conducir la nave. De donde resulta que el eslogan de políticos que de la cosa viven es capcioso en ocasiones, cuando prometen lograr más democracia cualquiera sea el punto de partida. Pues la democracia puede morir de sí misma –cuando el principio de la valía o del mérito queda en el rincón de las cosas evitables. De ahí la convicción de que partidos habituados a obrar con principios diferentes, prestarían un servicio democrático si llegaran a ser los filtros verdaderos para acceder a lo público desde la capacidad y el mérito sobre todo –instrumentos políticos para encauzar la voluntad popular, haciendo imposible la deriva demagógica. Un ideal inasequible hoy por hoy en partidos colocados en sillones confortables, y gestores de aquejadas democracias.

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