De las siete de la tarde. Esa sólita hora en que la sorpresa acaecía cada día, al final de la jornada. Con su recurrente acontecer, imponiendo su monótona cadencia en cada fracción de tiempo que habitara el calendario. Un jalón que organizaba en su eje el resto de aconteceres –el ánimo con que K. afrontaba su experiencia una a una, y el todo de sus tareas. Un más allá o más acá de las horas y en los días –tal sucede con un faro orientando para nada los pasos que no se dan, en la arena intransitable que pronuncian los desiertos.

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