Siendo de naturaleza curiosa, como me dicen a veces, recorro la experiencia ordinaria de las cosas atento a ciertos detalles que se muestran a la vista para todos –pero que una atención descuidada no percibe de común en muchos que por ahí pasan. Me refiero, por ejemplo, al gesto de una madre regañando inusual e hilarante a su niño en medio de multitud que por allí se arracima, o a la tendera castiza que regresa del fondo de su tahona secándose en el mandil las manos mientras se escucha por el fondo el agua de una cisterna, o el gesto orbicular de las cuencas de los ojos en aquella cultiprogre jovencita mientras habla de sí misma… Detalles que hacen de la experiencia un mosaico de relieves que se muestran y caducan. Supongo que, desde aquí, se leerá con mayor ilustración el subtítulo del Blog: anotaciones de un paseante. Efectos de quien se mezcla entre las cosas y gentes, mas conserva una distancia. Y así, vengo en recordar los años universitarios cuando trataba con jóvenes militantes de una bancada o la otra –los menos pues los más sólo vivían aunque, como la moda imponía, decían que militaban. Entre aquella multitud aprecié con no pequeña frecuencia un gusto en hablar de sí en militantes de izquierda: sobre sí o de sus ideas, como precisión de proclamar ante todo y ante todos que en lo público y moral se ocupa el lugar correcto.

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