Todavía conocí un funcionario con su mística –ese equilibrio tan difícil o imposible oscilando entre la dedicación al cometido, y la impasibilidad del semblante. Un alto funcionario a quien preocupaba el interés superior de lo público, que lo servía asimismo, que también acogía un juicio sufridor en la intimidad de su carácter –cuando la discrecionalidad política desquiciaba lo objetivo de cualquiera consideración muy técnica o razonable. Lo conocí –resolutivo y no menos reservado. Como milicia esforzada en soportar sobre sus hombros realidad y cosa tanta –incrédulo de cualquier resolución por venir o futuriza, y confiado al provecho que pudiera allegar en bien de algunos mientras transcurre el presente.

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