Cuando se decía que por la cara se compra el pan, se practicaba algo más que un encomio del aspecto exterior o la fachada. Y lo digo así porque la cara del pan habla simultáneamente a variedad de sentidos –los del gusto, tacto, olfato y vista. Con sus matices numerosos o infinitos: la textura, la untuosidad, la blandura, los olores… Al punto de que, si bien es posible confundirse con su aspecto, el pan apetecible defrauda al comensal muy raramente. Como también hasta tiempo no muy lejano esta percepción se aplicaba al aspecto que producen las personas: bonhomía, sinceridad, modestia, honradez y hasta cultura. Aunque algo ha roto el tiempo actual y sus combates en aquella confianza que se ponía en el aspecto: hasta el punto de pensar que quien tiene apariencia de rectitud y franqueza levanta sin quererlo la sospecha: de ocultar la fealdad y corrupción –como una presunción de que bajo apariencia solvente es difícil que algo bueno nos sorprenda.

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