El modo de comenzar un escrito tiene algo así como lo que sucede cuando se pica una antífona –ese inicio musical del chantre que sigue después todo el coro. Pues uno empieza a escribir en ocasiones como quien tira los dados: dándose una ocasión para que las palabras se organicen y repiqueteen con su música. Y así, antes de que suceda ese trance, cabe facilitarse a sí mismo las maneras de ese inicio –siendo frecuentemente un recurso el comenzar denegando algo que se va a decir: un inicio en negativo. Por ejemplo, ese no piense el lector…, o el nunca sospechó que obraría en tal manera… o tantos otros comienzos de esta índole. Y cuando así se comienza cabe que suceda en las líneas subsiguientes un tensarse las energías del discurso, para erigirse en positivo y trasladar un mensaje y un sentido –ante la incertidumbre que tal inicio pronuncia, y la oquedad que depara.

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