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Un asunto que, en general, merecería ser considerado es el siguiente: si los nacionalismos en España tuvieron nacimiento –tal parece lo más propio- en sociedades rurales, de sesgo tradicionalista en su sentido riguroso, y con gran poder de influencia por parte del interés de la Iglesia. Otro asunto podría ser el movimiento por el que las izquierdas se adhirieron a causa en principio tan ajena. Y otro -transversal, como hoy se dice- la amalgama sentimental que los une con la organización de la masa populista. Un vértice donde tres vertientes tan distintas se congregan –en una fascinación que los une ante un dios o talismán que los fascina -los arroba, los aísla, los posee y los deslumbra.

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