De niños, los días de fiesta tenían jabón de olor y colonia en la mañana –ropa de domingo, cualquiera la fiesta sea, y misa en la iglesia del pueblo. Tenían ese ambiente religioso, nacional y campesino. Después, había paseo con familia o los amigos en mañana soleada. Sin jugar a lo de siempre, por no mancharse la ropa. Y comida en la mesa, con las formalidades que imponen por su parte los mayores. En la tarde, ambiente decadente de la fiesta que se acaba –con esa melancolía de día que se va camino de otro que ya llega en su rutina, sin seguridad de haberlo disfrutado no se sabía cómo y cabalmente. Pero hoy las fiestas aparecen sobre todo tal receptáculo temporal vacío de antemano –que se llena con conciertos, con carrozas, con las tapas en terraza de los bares. Nada de jabón de olor, aunque sí tal vez algún perfume caro. Y ropa casual que no estorbe el bullicio –como un disfrute ocasional que atrae al festejante, sin solemnidad y sin marcar la planicie de un tiempo en que advenga algo sagrado.

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