Ante la cercanía –casi invasión del espacio- por cualquier desconocido, el ascensor tiene la ventaja del conocimiento de lo breve del trayecto. Lo que permite eludir la situación con mirada que se fija en el suelo, en la pared o en el techo. Cosa que resulta menos fácil cuando se aguarda en la sala de la espera, por ejemplo, con desconocido con quien nos hubiéramos citado para trámite en despacho de notario. Porque nos sentimos compelidos a llenar con palabras de tono circunstancial las ocasiones y espacios de aproximación social o física de un desconocido y semejante. A ello, el ascensor ofrece –por su brevedad también- la ventaja de evitar la verborrea de algún pelma, o la agilidad y el ingenio fugaz que destella en agudeza.

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