Cantar gregoriano en el seno de una schola es ambición que presupone una larga disciplina. Porque lo tengo por canto de los más dificultosos de nuestra tradición europea –por la modulación, el sentido musical que así requiere, y la exigencia de sonar cada haz tal si una voz solamente se escuchara. No sé si serán razones suficientes a explicar la situación esforzada de este canto en medio del virtuosismo profesional que se hoy escucha en lugares de recital o concierto. Aunque en claustros de monacato se logra con razonable frecuencia un resonar gregoriano de elevación y belleza –ignoro si por la dedicación musical que el monasterio supone, o quizás por el vigor del sentido religioso que lo anima. Razones para celebrar la ocasión en que el canto se produce con dulzura a partir de interior y de maestría, y razón asimismo para indulgencia –cada vez que el caso, inteligente, lo requiera o así sea.

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