Un principio de urbanidad, de maneras elegantes, incluso de respeto hacia los otros –siempre ha sido evitar el hablar sobre uno mismo. Y puestos a indagar la razón de este principio, diría que lo impertinente de forzar a los demás a fijar en nosotros exclusivos su mirada. Sobre todo cuando el conocimiento que se tiene sobre sí nos dice que no hay causa para tanto. Otra cosa es cuando se pone un figurante ante una colectividad –televisión o masa. Como quien pretende atraer por interés perentorio, y no confía en lo que ofrece: feriante, farándula o mitinero. Este último –en un líder socialista derrocado lo hemos visto por España- con propensión a gustarse y sobre todo a gustar: coherencia de su desnuda ambición -sin realidad, sin saber, sin programa y sin idea.

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