Paseaba hace poco por población española con lengua de alcance regional –además del castellano. Y fue de ver el contraste de la realidad –gentes que hablaban entre sí con registros indistintos, y los monumentos abundantes con carteles explicativos en las fachadas de acceso escritos en la lengua regional sin más aviso. Daba yo en pensar, en esta circunstancia, en el ánimo displicente de tales administraciones para con el visitante de otras latitudes del país –o del mundo mismamente. Tal si con él no rigiera la cortesía que se debe al que llega de otros lugares, y el respeto del derecho en el uso de la lengua común que le asiste todavía. Y pensaba de manera equiparable que el rótulo en lengua de alcance universal denotaría no poca inteligencia –cuando no un cosmopolitismo largamente saludable. Lo contrario, un afán romo e imposible que propicia un militante arribismo -o que un resentimiento erige, constituye, castra y dicta.

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