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Uno de los rasgos visibles de lo social, en España, es la relación que se tiene con los bares. Los de tapas, sobre todo. Asunto que daría para finísimos estudios etológicos, de psicología y de carácter. Incluso cabría, dentro de la definición que he dicho, una taxonomía que mostrara la infinita variedad de matices dentro de concepto que –de fuera- se percibe como unívoco. Tarea a la que animo a cualquier visitador de los rincones de España –siempre que ese visitador reúna gusto, sensibilidad e inteligencia. Por apuntar un indicio, diré que el amigo FV me comentaba hace años que suelen ser tabernas solventes las que tienen nombre del dueño que fundó o que mantiene el establecimiento. Como ejemplo de ello, traigo aquí el Bar Camilo –en el maestrazgo turolense. Donde las raciones de chipirón a la plancha o de sepia con alcachofas se aderezan de un carácter aragonés en el trato al otro lado de la barra –escuchando atentamente sin que se exprese atención, con solicitud de hechos que rehúye la ceremonia, y con método cartesiano en la atención que al respetable se prodiga y hasta dispensa.

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