Si algo acusa los cristales amarillos de lo pasado de moda, eso son las canciones de verano. Melodías tan simples y pegadizas –que ha decenios recorrían los secarrales de España, que después se escuchaban por las playas con transistor y cassettes domingueras, que atronaban desde dentro de utilitarios que la juventud usufructuaba para ligar por las noches… Porque esas melodías me parecieron siempre un fenómeno rural, de país piel curtida y en vías de desarrollo. Ni música popular siquiera –como las de eurovisión que multitud decreciente escucha sin fe y sin pizca, y por el gusto de disputar tan sin sabor y tan solos.

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