La Iglesia siempre tuvo un modo sublimado de referirse a las cosas. Así al clérigo célibe por decisión vitalicia desde sus años más tiernos, se refería con un amar a Dios con corazón indiviso. O los modos de citar a la obediencia como una renuncia santa. También se hablaba del obispo como de quien contraía un místico matrimonio con la grey encomendada. Y no vería yo mal este asunto, pues ese matrimonio indisoluble supondría que se ocupa un cargo a las maduras y duras. Y que no cabe escapar, por ascenso o por traslado, de la gestión que se hizo –dejándole el pastel a la grey perjudicada. Lo que no vendría mal tampoco en el mundo secular de gobernantes políticos –aunque en este caso y por no condenar al país a sufrirlos vitalicios, mejor una ley de responsabilidad por las pifias que cada cual perpetrata.

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