Me dijo que con la edad se perdía un idealismo. No por desengaño tan sólo –que también, algunas veces. Y añadía que este efecto se origina en un regusto creciente por las cosas que son prácticas, a la vez que relevantes. De modo que esos años transcurridos y crecientes nos pondrían ante la urgencia de afirmar nuestra actuación –despreciando la hojarasca y las palabras. E incluso me afirmaba que quien cultiva las palabras, o hace de la escritura un designio, también pone esta pasión al servicio de su afirmación y también de un incremento -universal y concreto.

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