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Los ojos de la inteligencia y los afectos, también saben distinguir en una multitud los individuos singulares que la integran. Y no es ello un efecto menor del respeto que a cada cual le debemos. Pues la radio, por ejemplo, tiene audiencia: un conjunto indistinto que se define por un rasgo tan sólo –el de escuchar un programa. Pero el buen locutor sabe que, más allá de la audiencia, sobre todo tiene oyentes: personas singulares con sus gustos, sus ideas, su opinión, sus necesidades, complejos… Y que todos comparten el escuchar sus locuciones radiofónicas –pero cada cual desde un punto de vista muy propio e irrepetible. Afirmo que el buen locutor lo sabe, pues el comercial mediocre a fuerza de ignorar a las personas poco a poco pierde audiencia. Asunto que me viene a las mientes por el abuso actual que algunos partidos perpetran con el término la militancia –entendida tal conjunto indistinto definido por el rasgo exclusivo que la palabra contiene. Y supongo que no es casual este hecho, pues conviene al aparato un militar indistinto, de sujeto intercambiable –que se expresa aritméticamente por la adhesión interior de su voto. Pero un partido que tuviera militantes –y así lo reconociera en su acción y en la honradez del discurso-, sería organización exigiendo la participación –a partir de la singularidad, de la lealtad y el respeto. Una opción tan racional, tan adulta, tan culta y tan democrática –que resultaría impensable en las maquinas de consigna y cooptación que son hoy en día los partidos.

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