Pues, allá, que aquel señor franqueó decidido los portales de su casa. Se encaminó, raudo el paso, a la vía transitada por copia de coches que se cruzaban frecuentes –tanto que atravesarla sin vado regulado sería temeridad o imposible. Y avanzó una zancada más allá del arcén –sin ser paso que la vía señalizara, sin mirar ni a la izquierda ni a derecha. Como deseando que algún otro le pudiera arrebatar involuntario su resuello. Decíase también, entre las voces del barrio, que de bonhomía sofocada intramuros de su casa –por violencia feminista y muy callada, actuando por debajo y socavando la moral y resistencia. Y avanzaba aquel hombre –como digo- su zancada, mas con fortuna o disfavor del azar –que lo volvía derrotado, cabizbajo, pensativo y hasta indemne.

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