No sé si alguien, en leyendo la ficha de una cata o degustación de vino, ha tenido impresión de recibir palabras hueras –o un modo de propaganda que querría ofrecer a una experiencia sensorial un culterano abolengo. Y no es que la degustación del vino no sea lugar de sinergias y matices –cuya descripción escrita pone a veces al enólogo ante un reto literario que termina con frecuencia en el folleto o el tópico. Ni siquiera en literatura menor. A lo que habrá que añadir que, en ocasión abundante, el lenguaje que se emplea consigue lo que entiendo su propósito: despertar lo apetecible del vaso. Y si no, miren aquí: el aroma y sabor de la Verdejo [una variedad de uva] tiene matices de hierba de monte bajo, con toques afrutados y una excelente acidez. El extracto, factor de personalidad de los grandes vinos blancos, es perceptible por su volumen y su característico toque amargoso que proyecta en boca un destello de originalidad, acompañado de una gran expresión frutal. Son vinos de gran armonía, cuyo recuerdo tras el paso por boca invita a continuar con la degustación. Descripción que se ahonda en lo impreciso –pero que deja, en quien lee, unas ganas de gustar y de beber.

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