Un poeta granadino que fue amigo, y lo es en mi recuerdo, escribió ese verso que entonces me provocó y ahora me llama. Yo, si digo la verdad, no duermo nunca. Y ello sin que yo pudiera columbrar la exigencia que se esconde en semejante afirmación –o su experiencia, poderosa y exigente en todo caso. Pues no dormir no entraña necesariamente un estado de vigilia –salvo que lo entendamos en sentido semántico tan sólo: como si el tiempo entero que tenemos se jugara en el dilema vigilar o dormir sin matiz ni mayor alternativa. O como si el vigilar y el dormir separaran el mundo de lo real, del irreal de los sueños. Pero sabemos que son dos polos que invaden a veces el terreno que a cada cual asignamos, pues la seriedad del soñar encierra realidad y nos agita a veces. Como también los sueños transitan los afanes que nos ocupan de día. De aquí que pueda concebir, como creo que lo hiciera el poeta que he mentado, que la realidad y el sueño exijan una atención decidida que hace imposible dormir. Por lo demás, se añade en el verso un si digo la verdad: un modo de enfatizar, o quizás de aseverar tal posible la actividad de dormir –caso en el que la verdad no sería susceptible de ser dicha.

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