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En los años en que yo estudié el bachillerato, todavía los alumnos leíamos textos descomunales y épicos de las antigüedades clásicas. Entre ellos, la Anábasis del tremendo Jenofonte: ese periplo militar en acometida, en derrota y retirada, cuyo texto ofrecía fragmentos deliciosos que traducíamos del griego. Y a la vez, una puesta en escenas de la historia para los mecanismos emocionales que mueven el proceder de los hombres: la épica confiada del ejército de Ciro camino de la corte de Artajerjes –en las tierras muy lejanas que el Eúfrates y el Tigris bañan. La decapitación de la hueste por causa de la muerte de Ciro en el fragor del combate, la emboscada produciendo una orfandad de mandos y de oficiales para la cohorte mercenaria. El camino del regreso –en formación regular- en medio de hostilidades que acecharon el retorno a cada instante. Para que a lo largo del relato tome cuerpo una superioridad en moral y disciplina. Para evidenciar también la debilidad del imperio de Artajerjes a pesar de su victoria. Una lección perdurable que después el gran Alejandro llevaría a sus efectos. Y un escalofrío que recorre las junturas del poder –tan ahora como antaño.

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