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No sabría señalar en este instante el lugar en que Ortega y Gasset refiere el patetismo que hay en la ceremonia del cortejo –cuando una adolescente es objeto de requiebros por un viejo sarmentoso. Escena donde cualquier relación razonable sería de distinto género. Y aquí el filósofo alude a los códigos tan diferentes que se cruzan entre ambos sin tocarse: mundos llamados a un respeto en lejanía, por no compartir las claves -las experiencias- que sostienen las edades de uno y otro. Diré que el tema no es mal objeto para disertación de filósofos –con recuerdo que ahora traigo de la escena que nos narraba el profesor de Instituto: donde el viejo Schopenhauer en un paseo por el lago y a solas en una barca, ofrecía a una doncella aquel racimo de uvas que la púber tiraba al agua con desdén y disimulo. Como gesto ineficaz, no compartido, que precipitó el deseo –o tal moneda que aleja, lanzada sobre una mesa con deseos contrapuestos o de intereses distantes.

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