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Viernes Santo en la mañana, la ciudad de Toro exhibe una procesión de gran solemnidad y copia de imaginería –de cofradías y pasos. Todavía no llegada la hora tercia, los nazarenos reposan con unción los tronos en la plaza del espolón –flanqueando por un lado la soberbia colegiata. Hora de aparcar los tronos y de darse un refrigerio. Entre lo uno y lo otro, jefes de las hermandades se adentran por una nave del templo –con seriedad, recogidos y hasta un tanto cejijuntos- para ofrecer ante el Monumento un franco centro de flores. En concluyendo, se anuncia la hora de reiniciar el desfile: a las once y media, que se dice en este caso. A esa voz un desfilante de edad mediana avanzada, luciendo capa española sonríe por debajo de un bigote muy adusto y -volviéndose a la puerta- responde con buena hora –añadiendo para cobrar una herencia, con un tono lo justo de irreverente y del todo castellano.

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