Una teología que algunos quisieran posconciliar en sentido despectivo, periclitada y ya antigua, daba en estudiar los hechos de religión con métodos e instrumentos históricos y muy mundanos. Lo que no tiene, a mi ver, consecuencia alguna de denegar lo que de espiritual anide en los hechos que se estudian. Vengo a esta consideración después de haber presenciado el desfile procesional de algunas cofradías –en lo que va de la Semana Santa, y por supuesto en España. Para presuponer que no sería mal asunto estudiar con finura sociológica el origen de la religiosidad cofrade. Este estudio pudiera bien comenzar por una historiografía del patrimonio de imaginería, mobiliario, enseres de liturgia y ornamentos –qué fue lo que hubo primero: si la imagen, si los hábitos o cualesquiera objetos que se añadieran. Y también si, en los casos de imagineros de hace siglos y de un arte consagrado, esa imagen fue origen de la hermandad –o si hubo, en cambio, una espiritualidad anterior a la que respondiera el encargo de la imagen. Un estudio semejante pudiera ser importante con vistas a comprender lo que encierran las cofradías de nacimiento reciente: célebres tantas veces por la mediocridad de las imágenes titulares, y pródigas sin embargo en oropeles de ciriales y de tronos, de túnicas e incensarios. Como si el objeto de devoción fuera empeño ocasional ante una presura de brillo y de relumbrón –urgencia de desfilar precipitando, inmaduro, el nacimiento.

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