Añadiré a los preceptos para el gobierno que a los príncipes conviene, el que a continuación os procuro: que nunca la ambición –cualquiera su objeto sea- redunde en acuerdos que debiliten la posición estratégica. Y añadiré que este precepto nacido de la experiencia –por esta vez de la ajena- es transgredido en ocasiones crecientes en la política hodierna: donde cada vez se gobierna mirando un plazo más breve, sin empacho de trasladar los problemas a quien suceda en el puesto, sin miramiento común en el solo patrimonio que se hereda y que se lega en la política: la cohesión y solidez estructural del Estado.

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