Es claro que no vale cualquiera para ejercer el gobierno. Como tampoco para ocupar escaño en sede parlamentaria. Pero vivimos de esa ficción en esta Europa que hacemos: que el acto de la elección por el pueblo –al elegido no lo inviste de capacidad o mérito, mas permite que se obvie la cuestión o incluso nos autoriza de algún modo a suponerlos. Negocio que redunda en un pingüe beneficio para partidos políticos, que viven de este prejuicio. A celebrar que hoy se asista a una mostración palmaria del exabrupto en sede parlamentaria. Como para mostrar que se ladra cuando, con olvido del rigor, se perdieron los pudores de exhibir toda ignorancia.

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