También sucede en las empresas privadas que –en la atención al público- algún empleado se pronuncie con menosprecio o despecho en relación con la empresa en que trabaja. Así me sucedió no hace mucho, con ocasión de una gestión en oficina bancaria: cuando la empleada, desde detrás de su mesa, pronunciaba alharacas –más todavía que lamento- por la penuria de equipamientos, la desidia de los mandos, la desatención al cliente, la escasez de resultados. Tal si, claramente, la cosa no fuera con ella –o no hubiera una deontología reclamando una lealtad con respecto a la organización a que se sirve, al menos dientes afuera. Y lo que fuera peor –que, en narrándolo yo a un amigo –o menos, a un conocido- se sorprendiera de encontrar allí desapego concebible para él tan sólo en un funcionario.

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