Enfrentado a la condición del trabajo que esclaviza, que enajena o que degrada, se afirma aquel otro que puede ser ejercido tal coreografía moral que cada cual desarrolla sobre sí mismo –aquel cuyo desempeño puede ser investido de la dignidad ceremonial de las cosas que apreciamos en los días que tenemos, que subliman algunas de nuestras horas, y que nos hacen amarnos –recíprocos y sin el lucro común de un prevalimiento sórdido.

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