Desde que los hombres son hombres, el detentar el poder ha tenido tal premisa la estrategia: el saber amagar, hacerse fuertes, generar confusión en las filas adversarias, distraer con engaño y frustrar las estrategias enemigas. Y esto ha sido así desde que la inteligencia hizo posible una sofisticación elemental en este juego de reglas azarosas e inflexibles. De aquí los tratados para la educación del príncipe –las reglas de su gobierno: Maquiavelo, y Fajardo –este último, para el príncipe cristiano. Vengo hasta aquí por lo que el ignorar las reglas que conforman el poder entraña de peligroso para cualquier individuo: la democracia de occidente, como ficción de la fuerza bajo los fines de estado del bienestar, o de lugar para minorías que se inventan o se crean,

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