El iconoclasta que de su iconoclastia hace el reclamo más eficaz sobre sí mismo –o el que principalmente pretende-, debe de confiar con fe ciega en la perduración de aquello que con tanto ahínco ataca. Pues destruido ese eídolon, sucumbiría al unísono el trompeteo de publicidad y chanza. O caso de que así no fuera, ese iconoclasta precisaría de una aptitud de traer a primer plano otros ídolos que asediar como imagen sustituta. Como quien no confía en el razonar sereno y el agudo exponer del argumento, o como quien dispara pretencioso y con fin no expresamente declarado en turno de tiro al plato.

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