Cualquier profesor de retórica conoce el valor y la estrategia de administrar los silencios. En primer lugar, por lo que hace a la cualidad poética del discurso –donde el callar y reiniciar marca ritmos y cadencias. Pero también, y aquí me detengo, por la autoridad y la fuerza persuasiva. Por aquello de que en el callar se engendra la posición de dominio –sobre todo en la dialéctica: cuando quien administra enfrenta el discurso contrario como toreando con la punta del capote. Sin entrar a confrontar, sin buscar la faena en que humille la testuz el contrapuesto argumento –antes bien componiendo la figura, citando a la acometida y hurtándose al mismo tiempo: como quien se afirma sin decir, en la danza sigilosa de su música callada.

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