El deseo de escribir este elogio me ha venido en ocasión de un concierto de cámara en sala muy elegante de museo: con lienzos de borbones, con paisajes, con alguna Inmaculada. Allí, en alfombra que hacía veces de escenario improvisado, un conjunto de cuerda –viola de gamba, violín juntamente con tiorba. Y una brillante mezzosoprano, alternando sus arias con otras piezas de instrumento solamente. Entre tanto, y por humedecer los órganos fonadores, empinaba una botella de plástico con agua de manantial, o supongo. Y he pensado cómo sería, en un contexto tan culto, suplir tal menester mediante límpido vaso de cristal y contenido de agua –pues se lograría un tono más pictórico, de belleza más acorde al espacio donde sonaba la música. Como también, en cualquier lugar reducido o recoleto, el vaso tiene efecto de evitar el ruido gutural de fregadero –del agua que se derrama a gollete de la botella al galillo, con posición que la mandíbula obtura entreabierta y mirando con los ojos entornados a las altas musarañas.

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