En los actos de comunicación hay un presupuesto que los filósofos llaman pragmático: la voluntad de comunicar –de proferir y entender. Lo que no es poco decir, sobre todo por las exigencias que de tal presupuesto dimanan: la primera, la veracidad que emisor y receptor pretenden y presuponen en sus actos locutivos. Pues sin esa voluntad compartida de decir la verdad y de confiar en quien de ese modo la dice, no es posible entender que exista el comunicar que se pretende: antes bien la confusión de algún modo intencionada, o la claridad que aparenta la retórica por la que el demagogo prevalece y tiraniza. También puede ser el caso de que sólo uno de quienes hablan cumpla con el dicho requisito: entonces hay quien dice verdad y se encuentra con un suspicaz que desvirtúa infundado su voluntad y relato, o con mentiroso eficaz que sorprende en una buena voluntad a quien –más o menos candoroso- lo escucha. También cabe que los hablantes puedan coincidir en honradez: lo que para muchos es rareza en la realidad común –o evidencia de que hablar presupone un universo donde haya buenas personas.

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