El profesor de retórica afirmó –y lo dijo sin ambages- que el argumento ad hominem es el más torticero e inmoral de cuantos el ingenio inventó para ejercitar en las cosas de política. Ese argumento tan romo que consiste en descalificar a quien habla, sin atender al discurso. Porque sin duda no es el pensamiento que se expresa lo que a este retor fundamentalmente le importa. Por una razón tan sólo: que se habla para lograr imponer una razón que por sí misma ni se defiende ni vale –y por ello ese afán destructivo sobre el adversario que anida en aquel discurso: negar a la persona que razona, la que no se somete ni rinde ni claudica en su palabra -y por ello se percibe y constituye, ante todo y para él, tal explícita amenaza.

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