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Ocioso –arrellanado en el sillón, y buscando horadar un vacío en la secuencia de las cosas en que pongo el pensamiento –por si en ese ínterin se alumbrara el tema del que se ocupa este post. Y así me llega sin pretenderlo la memoria de lugares que he vivido, que habité o que me tuvieron -y en ocasiones amé. De todos ellos conservo la memoria de una felicidad inmediata o diferida –en unos, por el idealismo del recuerdo una vez pasado tiempo suficiente después de haberlos dejado; en otros una felicidad sustanciosa, material, continuada, inmanente, enraizada en la gente y el lugar. Cuento, entre estos, con mis años de Granada –esa ciudad que me tuvo tan cercano, y que los años me han puesto en mayor distancia que otras que no habité. Tal vez porque aquella felicidad no fue otra que conmigo y con mis cosas –con gentes que circundaban mis afectos y mi anhelo. Como un marco de belleza para lo que sobre mí vivía –un bellísimo sarcófago para el alma de aquel joven que hace años se ausentó.

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