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No es sólo cuestión de que alguna vez en democracia los ciudadanos se indignen, pues la cosa se amplifica cuando empiezan a surgir quienes viven de la indignación ajena. O la usan tal motivo para crear movimientos o partidos –formaciones que después caminarán por sí, desprendidas de su origen. Y por eso, para cualquier democracia es esencial acometer los problemas cuando están en el ámbito en que discurre nuestro vivir cotidiano, antes de que alcancen a cristalizar en organización reactiva o estructura conformada. Para no predicar en un desierto que hubiéramos propiciado de antemano y con dejación culposa, o por evitar la impostura de querer cauterizar aquello que –injustos y negligentes- alguna vez fabricamos.

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