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En sus años de docencia en universidad de provincias, JLV postulaba un ejercicio de civismo y de política basado en la pragmática y fría razón ilustrada. Entendamos: prescindiendo de cualquier sentimiento, cualquier mística, cualquiera vocación, o de nacionalismo cualquiera. Y es ello un postulado que parece prometer una gestión pacífica y eficaz del interés tan común como privado –aunque deje un páramo de aburrimiento en sociedad acostumbrada al espectáculo mediático. Esta pretensión yo la tuve por entonces como abstracción de realidad imposible, y también no sé decir en qué modo indeseable. Después, he escuchado al mismo profesor mantener posiciones diferentes –desde el pasar de los años. Vengo a traer estas cosas a partir del impasse en que se halla, tras el anuncio del brexit, la gestión del espacio político europeo –ese espacio que se quiso tan frío y universal como lo es el papel de su moneda, y que no halla una salida que no sea la del avanzar en el proyecto de la unidad –vocación, al final, construyendo los espacios de política-, o el regreso a la nación particular –afirmación tribal para unos, y para otros comunidad de interés o destino en lo sagrado.

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