En los años de estudiante escuchaba con arrobo al profesor de instituto explicando nociones sobre la antigüedad grecolatina. Entre ellas, la descripción y el sentido de las fiestas que llamamos hoy paganas: dionisíacas, lupercales por ejemplo. Fiestas donde se exaltaba lo que queda más allá de la mesura –o aquello que circunscriben la moral y la razón, relegándolo a lo oculto. Hoy, pienso que en el relato de aquellas fiestas que ha milenios existieron hay no poco adorno de cultura –o idealización cuasi sacral de lo que fueran. Y vengo a esta opinión a partir de las fiestas que hoy les serían más o menos semejantes –el carnaval, nuevamente por ejemplo. Fiesta ayuna tantas veces de elegancia, de significado, de hondura si fuera una vez el caso –salvo tradición idealizada, tal le sucede en Venecia, con apoyo decidido de organización y de dineros por parte de los gobiernos. Lo que abre el dilema que sugiero o que propongo: si la paganidad de la fiesta popular nunca fuera más allá de superficie –o si un alma sagrada que allí hirviera se ausentó, dejando vacía la piel que hoy tenemos del reptil -o la crisálida.

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