Escribir era un acto reflexivo y responsable por entonces. Seguramente cuando las letras no eran un bien asequible para todos, y también cuando distribuir y editar era proceso costoso y sometido a calidad y a su filtro. Después, un mundo virtual estalló con acceso universal, demandado e inmediato –y tuvo que convivir la palabra concienzuda con la otra, que pervierte los lenguajes con liviandad –con zafiedad- y a los hombres. Y no reside el meollo en que hoy sean posibles dos discursos y actitudes de valor desigual y no miscible –sino en verlos conviviendo en igualdad y compartiendo el espacio, sin árbitro de autoridad que permita sopesar las palabras que se acreditan de verdaderas y honradas.

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