Como todo el mundo sabe, el afán de sobrevivir por parte del gobernante no es invención de un ahora –pues se conoce desde lo inmemorial de la historia. Y ello más a más en periodos de apogeo de los países –cuando al calor de bienestar y riquezas se multiplican los alicientes de prevenir y atacar la posición de quien ocupa en cada momento el solio. Sólo que en momentos muy pretéritos el gobernante incauto pagaba su bisoñez con la vida. Hoy, con oprobio popular –o con desfenestración, o con prisión mismamente. Y no es ello cosa pequeña para una nación con vocación de incremento y permanencia. Pues si antaño el cuerpo del gobernante era inseparable de la firmerza del reino, hoy se distinguen de manera tan perpleja –que se duplican los cuidados de sí mismo y el interés del común: angustia doble, o estrábica tarea de nadar mientras se guarda la ropa.

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