Cuando un joven no desea ser escritor solamente, mas insertar una obra con su nombre en la historia de las letras –elige entonces una ascética que le impone condiciones. Una de ellas –cada cual podrá decir su lugar y relevancia- es la organización de un archivo personal, y la tarea que se emplea en mantenerlo. Pues hay documentos que se hacen en papel –y en archivos electrónicos: borradores y versiones de su obra, correspondencia enviada y recibida, documentos económicos, imágenes y secuencias, elementos contextuales de sociedad y cultura… Y no se piense que ello es una tarea despreciable. Como también es notoria, y penosa en ocasiones, la exigencia de un espacio en domicilio doméstico –y la organización virtual en dispositivos, con la actualización de versiones de los programas cibernéticos de acceso. Salvo que, de una vez, se dedique el escritor a su escritura –y deje las otras cosas para el interés de otros que en el futuro llegaran. Con la pérdida de datos que acarrea esta actitud, inevitable. O que piense el escritor que sólo vive –y que escribirá o no según la vida le dicte. Y que, al final, la historia no es cosa muy diferente de un recoger las migajas que un azar no extravió en el transcurso del tiempo y el andar de los caminos.

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