Recibieron sin saberlo una educación, sin concesiones, de carácter escolástico: aprendiendo que hay una esencia para cada cosa, y que cada realidad tiene un valor por sí misma. Los enseñaron, por tanto, a vivir en un ámbito moral definible y definido –y a querer y valorar en función de órdenes perdurables en el mundo y en las cosas. Y fueron interiorizando que hay una esencia del trabajo, de la ciencia, incluso una esencia intemporal de España. Les hicieron aprender del mismo modo que hay ciencias superiores por sí mismas en nobleza inmarcesible. Y que hay bienes materiales –el terruño, la vivienda…- de valor nunca prescrito. Todo un orden –aunque falso. Y así, cuando cumpliendo los años los maestros se agostaron y se desmoronó su mundo, tuvieron que acatar otro orden deleznable y muy lábil que surgía: se acomodaron como mejor les permitiera su instinto –aprendiendo a descreer de manera universal y sobre todo. Afirmando que el valor no pertenece a la cosa que, según, es valorada –sino al deseo provisorio que la encarece y señala.

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