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La ocupación colonial del istmo de Gibraltar podría pasar por hito relevante en la historia del latrocinio por un lado, la desidia por el otro. Esa franja de tierra que, para señalar la frontera, aportó la parte damnificada por la amputación territorial hace ya trescientos años, ocupada después la mitad sin amparo de tratado ni convenio -por la fuerza de los hechos. De modo que en aquel lugar fronterizo, por decirlo de algún modo –no existe en el orbe de los hechos una franja de tierra que se pusiera por medio. Aunque las fronteras, con los siglos que nos tienen o tenemos, se han sofisticado en medios de alejar a los países –o acercarlos, según sea. Y así, el acercamiento español a Reino Unido para ingresar en el entonces Mercado Común de Europa supuso una concesión a la colonia enclavada en territorio de España –una concesión que por sí misma nada sino pesadumbres aportaría al interés general del país que la otorgaba. Y ahora la retirada que se preanuncia inminente –parece mayor distancia que si el pacto de Inglaterra con Europa no hubiera existido nunca. Un distanciamiento que descoloca los postulados forzosos que en este tiempo han venido sustentando a la colonia –más que una franja de tierra que usurpada y ocupada se interpusiera por medio.

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